Siempre me ha fascinado la sensación de intemporalidad que los viajes -los trayectos concretamente- y, especialmente los que se realizan en coche; (me)producen. La carretera, el cielo, las nubes...Un árbol aislado en el margen del camino. Uno se sume en una especie de trance parecido al sueño...
Una secuencia impresionante: la manera en que se combinan el monólogo interior de ella, la música y la letra de la canción... Y, sobre todo, su mirada... ¡Qué mirada!
Yo creo que este estado de ánimo del hombre de mar ante las cosas, es un estado verdaderamente superior. Cuando un hombre llega a uno de estos pueblos, la falta de pretextos para matar rápidamente el tiempo, produce un estado de exasperación, una tensión nerviosa que, vista desde fuera, debe parecer grotesca. Después, el hombre entra en una fase de añoranza mórbida, que ataca los músculos del movimiento y produce una gran pereza y ganas de vivir en posición horizontal. Pero después, uno reacciona - yo conozco todas las delicias de este estado - y encuentra entretenimiento en la cosa más minúscula. El cansancio producido por este entretenerse en cualquier pequeñez es delicioso, paradisíaco. El tedio, cristianamente aceptado, es inefable.